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 Una laguna lotizada: Alka, Kibios y baños de Luycha
13 de octubre de 2009 08:36

Pueblo de Alka. Foto: Alfonsina Barrionuevo

Pueblo de Alka.

Se dice que la vida en los pueblos trascurre a la velocidad conque camina un caracol, aunque creo que sería más exacto decir que con la rapidez con que se mueve una tortuga. Aunque según una tercera opinión para su tamaño el caracol suele ir más rápido. Amanece cuando los primeros rayos del sol están dorando la punta de los cerros y el día se acaba cuando la noche suelta su melena de sombras. Imposible hacer más palpando la oscuridad. Es hora de descansar y en Alka, provincia de la Unión, Arequipa, todos duermen con la seguridad de que vela por ellos el Aokano, que es su kamaq, su cerro tutelar, su guardián.

En la mañana, mientras Fernando Polanco Bellido, nuestro guía de viaje, goza de las delicias de un baño en las termas de Luycha; su paisano Florián Roncalla Postigo, refiere que las aguas del Aikano tienen la propiedad de duplicar la bravura de los toros. Los cerros de Cabezas y Santa Rosa, agrega, conversan a veces en las noches de tormenta, pero el Aikano lleva la voz cantante porque es el mayor.

Roncalla que, en su bodega bien surtida, es hospitalario como un rey conoce como la palma de su mano todos los caminos de la Unión porque llevaba toros hasta Lima. En ciertos meses del año hacía acopio de reses y a veces tenía que lidiar con los que no se dejaban conducir y arremetían contra todo el mundo. Como habían sido pastoreados por mujeres encontró la solución al problema poniendo polleras a sus peones. Los toros se engañaban con ellas y hacían el viaje dócilmente hasta su destino.

En el límite con Apurímac contaba que hay una laguna, Wakullo, que en tiempos de migración de aves es un jolgorio de chillidos porque cientos llegan a tomar posesión de sus totorales. No sabe si el buen Dios la parceló para que no se pelearan, pero cada especie conoce su territorio, aterriza allí y nunca se juntan respetando sus linderos. La visión es magnífica porque hay una variedad que haría feliz a un especialista, ajoyas, wallatas, pariwanas, chulladores, y muchas más que se distinguen por el color de su plumaje, su tamaño y las diferentes características que les ha dado la naturaleza. La laguna tiene una enorme población de peces como una despensa que les permite vivir sin pelear por un bocado vivo.

En la puna hay aves que son parecidas a una perdiz, cuyos huevos son azules y reciben el nombre de kivios. Ellas saben, según Roncalla, si el tiempo será bueno con gran anterioridad. En una ocasión tuvo la suerte de verles bailar celebrando la proximidad de las lluvias. Los kivios bailan y cantan al mismo tiempo con tanta energía que, al cabo de unas horas, caen desmayados con las patitas hacia arriba. Al cabo, cuando se recuperan, desfilan y desaparecen rápidamente entre las matas de ichu. Los kivios se encuentran entre los indicadores del clima aunque no es fácil asistir a su rito volátil en las inmensidades de la puna. El ex ganadero que ha cambiado los peligrosos viajes por la Unión para vivir en Alka recuerda que antes de salir era menester hacer el pago a la tierra porque ella está viva y reclama la ofrenda de sus hijos. Cuando es necesario hablar con ella y con los espíritus de los cerros se busca a los paqos. El encuentro tiene que ser en una noche impenetrable, a campo abierto. Su padre, don Santos Roncalla Bernal, estuvo en una sesión y los sintió llegar volando como cóndores, agitando el aire con sus alas. Siempre los tuvo presente en su recuerdo y nunca dejó de saludarlos y hacer la t'inka o brindis en sus largos recorridos.

Las paradas en las estancias de los alfareros son amenas. Mientras preparan su comida los hombres hablan de viejas tradiciones como el pleito del p'uku o buho con el gallo sobre quien debía dar la hora para que saliera el sol. Como ninguno quería ceder al otro este derecho viajaron a Lima para que lo decidiera el juez. Este dijo que sería aquel que diera la hora exactamente a las doce de la noche. Como había llegado muy cansado el p'uku se durmió y el gallo, que era más recio despertó a tiempo y cantó primero. Por ese tiempo ambos eran casi del mismo tamaño. El gallo se creció al estirar el cuello para cantar. Por eso las gallinas son más pequeñas.



Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.