»

 Shakespeare en Gorgor
27 de enero de 2010 12:15

Pallas de Gorgor. Foto: Alfonsina Barrionuevo

Pallas de Gorgor.

Shakespeare hubiera enredado su pluma en las pestañas de las hermosas Pallas de Gorgor, en Cajatambo, Lima, a 3.074 metros sobre el nivel del mar si hubiera tenido una máquina de tiempo para llegar allí. No habría encontrado las cortesanas que reían o lloraban con sus dramas, pero algo hubiera hecho para enlazar el la trágica historia de Waskar y Atawallpa con las doncellas de la Inmaculada Concepción.

Todo hubiera sido una novedad para él desde la aparición del valle en el lecho de una antiquísima laguna. Bien ubicado en uno de sus cerros más altos hubiera observado obnubilado como iban desapareciendo sus aguas, absorbidas desde las profundidades, haciendo al final "glub", "glub", "glub", y luego "gor", "gor","gor". Por ese último sonido, producido como por una cañita gigantesca, el lugar recibió el nombre de Gorgor.

Shakespeare no imaginó ni en sueños que existía tal lugar. La historia de este pueblo, casi inédito de los Andes limeños, me fue relatada, mientras tomaba sol en su pequeña plaza, por la gente mayor que bajó de sus estancias para la fiesta de la Virgen. Sus antepasados presenciaron la desaparición de la laguna esperando que su lecho se secara para sembrar una variedad de especies alimenticias.

Mucho después, los españoles fundaron en el sitio una villa el día de la Inmaculada Concepción, cuya fiesta se celebra entre el 8 y el 11 de diciembre. El turista audaz que logre llegar después de aventura y media debe llevar su mochila y su bolsa de dormir si quiere presenciar viejas costumbres de dos tiempos.

Para vivirla tomé en las afueras de Lima un ómnibus que me llevó hasta Barranca donde abordamos al vuelo, con Graciela Espinoza que me esperaba, otro que iba por un desvío hasta Gorgor. Fueron unas doce horas de viaje por una trocha con restaurantes de comida fría porque hay muy poca leña, por lo que es recomendable llevarse unos panes con queso, una gaseosa y una fruta. Creo que por esos parajes se va como una cabra montés hasta vencer los 3,074 metros de altura.

El camino alterna la visión del árido paisaje de los cerros con calvicie de la chala o costa hasta los cerros de la yunga y la qechwa con melenas de verdor. Una buena parte se sube sin contratiempos pero hay sectores donde puede pasar cualquier cosa, que suban más pasajeros con una miscelánea de carga de todos los olores o sacos de veinte kilos y más.

Un zigzag y se llega a una graciosa placita que coquetea todos los días con los cerros de Gorgorhirka, Mahanka, Kuntursenqa y Shanuk. Los antiguos señores de la región vivieron en las partes altas. Por eso se conservan viviendas, templos y tumbas, alrededor de Siskay.

El asiento principal habría funcionado como una pequeña metrópoli me explicó Faustino Espinoza Alvarado. Ubicada prácticamente en un mirador se podía controlar a los que llegaban. Las comunidades tienen respeto por estos restos donde duermen un sueño milenario sus antepasados. Siskay, Wankashrakay y Kukushuk están a unos 3 o 4 horas de camino a pie.

Para asistir a la fiesta lo primero que se debe hacer es buscar alojamiento el cual se consigue gracias a la hospitalidad que brindan los pobladores. Hay buenas camas y abrigadoras frazadas, pero como los hijos y los nietos vuelven para rendir homenaje a la Virgen, es mejor asegurarse y llevar la bolsa de dormir. Sobre la imagen de la Virgen dicen que es hecha por los ángeles. Llegó como una simple mortal aunque llamó a todos la atención su singular belleza. Cuando atardecía prometía volver al día siguiente que tenía su casa por allí atrás. Hasta que, finalmente, declaró que quería vivir en Gorgor y pidió que le hicieran una grande.
Ella llevó bienestar al pueblo y decidieron ayudarla. Cuando terminaron la construcción volvió. A los dos días tocaron la puerta para ver qué necesitaba y como no abría entraron. Se asombraron cuando vieron que era una imagen de pasta. Lo mismo pasó con la Virgen de Manás, una localidad cercana.

Para "su adorno" las familias crearon la danza de las pallas con reminiscencias inkas y una colorida evocación de la conquista. La trágica captura y muerte al mismo tiempo -adecuando la historia a su imaginación- de Waskar y Atawallpa a manos de los "vasallos" que entraron a caballo. Así nombran a Pizarro, "Candia", Soto, Sánchez de Cuellar, el psadre dominico Valverde y el Felipillo. Los detalles del drama corrieron esa vez a cargo del mayordomo Elías Arce Ventosilla.

El traje de las pallas evoca fastos de dos mundos. Faldas amplias de seda, blusa de gran pechera, collares de perlas y cuentas de color, mantas que abrochan con prendedores que antes eran de plata fina, pañuelos sobre la cabeza y sombreros adornados con hileras de perlas. Lo más resaltante son su cuellos altos o remangas de tres tamaños, muy almidonados, cortados en abanico y levantados como pétalos, parecidos a los que usaba la reina Isabel de Inglaterra.

A la hora del almuerzo el pueblo pasa por la casa del mayordoma donde se sirve el pari, un plato que recuerda tiempos de otra edad. Las chef gorgorinas lo preparan con carnes de res, oveja, gallina, kuye que hierven separadas con diferentes hierba y se juntan al final con papa seca. Sus sabores son un secreto y la sorpresa es oir el "glu", "glu", "glu" o "gor", "gor"• que hacen al ser puestas en el plato piedras de río calentadas al rojo vivo. Para beber alcanzan se hace salud con sendos vasos con chicha de jora, de maní o el famoso clarillo de cebada.

Para vivir con ganas la fiesta, las representaciones y un paseo a sus grupos arqueológicos hay que quedarse por lo menos unos cuatro días y volver con la sensación de haber estado en otro tiempo.